miércoles, 25 de julio de 2012

EL ÚLTIMO CAMPAMENTO


Cada vez que recordaba esa experiencia, me preguntaba  cómo es que hacen los boyscouts para andar de campamento tan correctos, tan pulcros, con sus uniformes siempre prolijitos, con los tres deditos para arriba, “siempre listos”.  Encima, como si eso fuera poco, los guachos te prenden una tremenda fogata con dos palitos chotos o te hacen una canoa con cuatro ramitas de mierda…. ¿cómo hacen?,  me volvía a preguntar.
Y después de analizarlo y meditarlo mucho tiempo llegué a una inequívoca conclusión: el tema es que los tipos no escabian… y así cualquiera.
Sabido es que la madre de todas las desgracias en los campamentos no es otra que la bebida… el alcohol, para ser más preciso.
Porque cuando en el campamento la gente arranca con el escabio, comienza un espiral ascendente de descontrol que termina inexorablemente en quilombo. Es así.
Incluso hay estudios científicos que lo demuestran.

En la prestigiosa Universidad del Ort, de la República Oriental del Uruguay, el renombrado estudioso de las ciencias antropofísicas,  y titular de la cátedra “Salud, esparcimiento y medio ambiente”, Licenciado Maximiliano Miguel Patetta, realizó un interesantísimo estudio con dos grupos homogéneos de campamentistas, en dos locaciones similares, con idénticas raciones de alimentos (sánguche de milanesas de carpincho y empanadas de tero), a los que sometió a dos tratamientos diferentes, lo que constituía la única diferencia entre ambos: la bebida.
Al grupo testigo o “Grupo A” se le suministró bebida gaseosa, agua saborizada, soda, gatorei y aperitivo serrano sin alcohol. Para la sobremesa todo tipo de infusiones (te, mate cocido, café descafeinado, etc.)
Al otro grupo o “Grupo B” se le suministraron bebidas alcohólicas varias (aperitivos, cerveza, vino, espumantes, etc) y para la sobremesa todo tipo de licores y whisky.
Luego de 60 (sesenta) minutos de finalizadas las respectivas ingestas, se registraron los comportamientos de cada grupo.
Transcribimos a continuación las anotaciones del Lic. Patetta:

“GRUPO A: Este grupo se mostró muy civilizado y relativamente tranquilo. Se dividieron voluntariamente en pequeños sub-grupos según  afinidad y se establecieron charlas formales e informales luego de las cuales se asignaron rangos dentro del grupo para la ejecución de distintas tareas coordinadas (armar las carpas, cocinar, lavar los platos, recolectar madera para el fogón, etc.) Durante el fogón de camaradería se desarrollaron espectáculos artísticos de diversa índole tales como recitados, poesía, teatro y música (se interpretaron piezas de música clásica, boleros y temas de Arjona, entre otros) luego de lo cual cada uno de los individuos se dirigió a su respectiva carpa a descansar, después del aseo personal correspondiente.

GRUPO B: Arrancó con bardo de entrada nomás. Este grupo se comportó de manera primitiva y violenta, con un claro sobredimensionamiento y exacerbación de las emociones. Las comunicaciones interpersonales eran prácticamente imposibles, ya que todos gritaban al mismo tiempo, tornando inviable la lógica comunicacional emisor – receptor.
No hubo tareas asignadas, organización o actividades coordinadas de ningún tipo y reinaba el más absoluto anarquismo. Para el fogón, como las únicas ramas que habían juntado los más lúcidos estaban húmedas y verdes, algunos comenzaron a arrojar sus pertenencias para avivar el fuego (ropa, calzado, documentación personal, etc.). Las únicas expresiones artísticas (si así se pueden denominar) fueron unas pocas canciones picarescas subidas de tono
(“aro, aro, aro…”; “ayer pasé por tu casa…”; “una vieja y un viejo…” y cosas por el estilo), un concurso de zapateo que terminó con un participante con esguince de tobillo y un cantor desafinado al cual era bastante difícil comprenderlo,  interpretando temas del recuerdo de grandes autores rioplatenses (Los Iracundos, Los Wawancó, Donald, Palito Ortega, Sergio Denis y Miguel “Conejito” Alejandro, entre otros). Más entrada la noche se produjo una trifulca entre dos bandos enfrentados: cumbia vs reggaetón, que se trenzaron a golpes de puño para dirimir sus diferencias, lo que terminó en una batalla campal con algunos heridos de consideración que fueron derivados al hospital Milton Tabaré Churruca y otros tantos que se dirigieron al citado nosocomio a internarse por voluntad propia.

Las irrefutables conclusiones a las que arribó el catedrático, no hacen más que confirmar mi hipótesis original que la fórmula “alcohol + campamento” lo pudre todo.
Además, y en consonancia con las investigaciones del Licenciado Patetta, mi experiencia personal me permitió ratificar que esto es así.

Fue para Abril del ´97, si mal o recuerdo, que decidimos ir de campamento con toda la muchachada. Nos dirigimos con el auto del Dr. Chufardi hacia la localidad de Monje, pueblito enclavado a la vera del río Coronda en la provincia de Santa Fe, a unos 70 km al norte de Rosario.

El líder de la expedición, por conocimiento y experiencia, era el Dr. Chufardi. Si bien le decíamos doctor, en realidad no era médico, sino profesor de educación física. Pero el título era una mención especial que la barra le había otorgado, algo así como una distinción honoris causa.
En el 147 de Chufardi íbamos Soto, Iván, el mencionado dueño del auto  y yo. El Fiat cargado hasta los ejes: carpa, sol de noche, bolsas de dormir, muchos  artículos de pesca y una heladerita repleta de bebidas de la más variada índole, para nuestra futura desgracia.
El resto de los muchachos (Lorenzo, Leonardo y el manco Botta) venían en el rastrojero del Leo, que usaba para hacer los repartos de la verdulería.
El Oreja venía más atrás, con su madre en el auto familiar, ya que aprovechaban el viaje para visitar unos parientes que vivían precisamente en Monje.
El destino había sido recomendado por el mismo Oreja, que había visitado el pueblo en oportunidades anteriores y según sus textuales palabras “se arma tremenda joda en el camping de Monje para semana santa”.

Llegamos a destino y el camping estaba cerradísimo.
No sólo eso… parecía no haber un alma a kilómetros a la redonda.
Lo único que faltaba era que pasaran esas bolas de pasto rodando, impulsadas por el viento, como en esas películas del lejano oeste, para terminar de darle a la escena un aspecto ciertamente desolador.
No terminamos de llegar que las miradas acusadoras se posaron en el Oreja, y no tardaron en llegar los comentarios agresivos hacia nuestro guía
- ¿Cuándo empieza la tremenda joda che?
- En el geriátrico donde está mi bisabuela hay más movida que en este pueblo …
- Boludo, y yo que me olvidé de traer forros ¡con lo que vamos a ponerla acá!...  
le recriminaban irónicamente el resto de los presentes.
- Pará, pará. Algo pasó acá. Lo voy a llamar a mi primo Juan Carlos, que vive acá a ver qué onda, se defendió el Oreja dirigiéndose al teléfono público que había en la entrada del camping.
- Hola, ¿Juanca?... que hacés, soy yo, tu primo ¿Cómo andás che?…si, si todo bien ¿vos?... Escuchame una cosa, estoy acá en Monje y el camping está cerrado y parece que no hay nadie en el pueblo y… aaaaa… aaaa…claaaaro…si, si, te entiendo… ahá… ahá…ahá…uuuu, que cagada… bueno, bueno, listo Juanca, un abrazo… nos vemos.
- ¿Y qué pasó?,
pregunté impaciente…
- Hoy es la procesión a Maciel. Va todo la gente caminando hasta la iglesia del próximo pueblo, por eso no hay nadie. Hoy es San Eriberto Nadador, patrono del pueblo.
- ¿Y el camping?
- Lo clausuraron el fin de semana pasado por venta de alcohol a menores.
- ¡Aaaaaa pero no podemos estar más salados! ¿Y qué hacemos ahora?
Resignados, sin demasiadas opciones y ya que estábamos ahí, decidimos meternos igual al camping , total lo único que necesitábamos era un lugar para clavar las carpas.
Después de  armarlas, empezamos a probar suerte con la pesca. El día estaba ideal y el sol que se reflejaba en la quietud del río invitaba a mojar los anzuelos… pero después de dos horas y cuarto transcurridas sin sacar una mísera mojarrita o un puto cornalito, el aburrimiento y el calor comenzaron a dar lugar a la bebida y los efectos de la misma, al vandalismo.
La gente abandonó las cañas y la casilla de entrada al camping fue saboteada por los más desacatados del grupo y de la misma extrajeron unos remos, salvavidas y carteles viales que empezaron a ser utilizados para diversos fines lúdicos.
Un pescador que pasaba con su canoa (hoy me pregunto de que carajo vivía ese cristiano, porque ese lugar era sólo comparable con el Mar Muerto), vio la escena y se paró en la canoa haciéndonos la típica seña con la mano abierta colocada en forma horizontal realizando un pequeño vaivén hacia adelante y hacia atrás, que podría traducirse como “ya van a ver” o “ van a cobrar” o algo por el estlo.
Pero la muchachada, lejos de amedrentarse, aumentó la escalada de descontrol y locura, respondiéndole al pescador con otros gestos algo más obscenos (como por ejemplo “ la gran Michael Jackson”, que se realiza con la mano derecha agarrándose los genitales en forma envolvente, entre otras) , llegando incluso a arrojarle objetos contundentes.

No me acuerdo que fue lo que comimos al mediodía (si es que comimos algo), recuerdo sí, que a la tarde se retomó la pesca, con idéntico resultado que la pesca matutina, salvo un (1) pique que tuvo el Leo, que había dejado la caña tirada y cuando recogió la línea trajo la cabeza de un moncholito (la cabeza sola). Luego se realizó una expedición por el pueblo donde se intentaron poner en marcha algunas máquinas de Vialidad Nacional que se encontraban abandonadas cerca del lugar, lo que (afortunadamente ) no se logró, culminando la tarde con un paseo por las inmediaciones del camping y al pasar por un corral de vacas de un tambo vecino se armó la guerra de bosta entre dos bandos.

Cayó la noche y después del aperitivo de rigor, empezamos a preparar la cena, y como era de esperar, comenzó a circular el típico vino tinto entre los presentes.
Después de comer, se armó el fogón de sobremesa, al borde de la barranca y empezó la guitarreada. Hasta ahí la cosa iba por carriles medianamente normales, pero en el momento cumbre de la noche, cuando entre ronda y ronda de tequila, sonaban los acordes de un rock and roll de Pappo a todo volumen, con la muchachada cantando a garganta pelada, Ivan … Ivancito, no tuvo mejor idea que echar un chorro de kerosene del sol de noche al fuego…si, si, un litro de kerosene (aprox.) directamente al medio de la fogata.
Automáticamente una llamarada de tres metros de alto iluminó la escena, provocando la estampida de la muchachada.
Algunos, entre los que me yo me encontraba, nos asustamos bastante, mientras que para otros el kerosene fue como una inyección de adrenalina en el centro del corazón.
El manco Botta, casi poseído por Helios, tomó larga carrera y realizó un increíble salto sobre las llamas, desapareciendo en la oscuridad para nuestro asombro.
Extasiado, el Oreja lo siguió, emulando el salto con idéntica destreza, elegancia y precisión.
El resto de los presentes rompimos en un cerrado aplauso.
Fue un espectáculo dantesco combinado con una demostración de acrobacia y elasticidad dignos de un espectáculo de “Choque urbano”, “Fuerza Bruta”… o alguno de esos.
Pasaron varios minutos de aplausos y los acróbatas no regresaban.
La mayoría nos quedamos quietos y expectantes, pensando que estaban preparando un “bis”, o algún otro número para sorprendernos.
Hasta que el Dr. Chufardi se dio cuenta de lo que verdaderamente había pasado: “¡La barranca!”, gritó.
En el fragor del momento, ni el manco ni el Oreja se percataron que detrás de la fogata había una barranca de más de dos metros.
Cuando fuimos a verlos estaban los dos despatarrados, barranca abajo, en la orilla del río sobre el barro, con la forma de esos muñecos que dibujan con tiza en el suelo en la escena del crimen.
Enseguida se armó una mega operativo de rescate, con Lorenzo a la cabeza, que incluyó una cadena humana de salvataje para poder socorrer a nuestros accidentados amigos.
“Vamos, vamos, yo no dejo que nadie me muera” arengaba Lorenzo al equipo de rescate en una incomprensible expresión pseudo idiomática.
El primero en ser rescatado fue el Oreja.
Tratamos de acercarlo al fogón para que deje de temblar pero fue inútil.
Se empezó a poner pálido, no paraba de vomitar y lloraba al grito de “llévenme con mi mamá, llévenme con mi mamá”(sic)
Chufardi e Iván, que en ese momento eran los más lúcidos del grupo, decidieron llevarlo a la salita médica de primeros auxilios del pueblo. Cuando el médico de guardia vió al paciente se asustó bastante… porque la verdad por su apariencia, era digno de temer: zapatillas negras, medias de fútbol canallas hasta arriba de la rodilla, jean cortado tipo bermuda, buzo a rayas con las mangas que le tapaban las manos, barbudo y peinado con rastas.
Luego de una certera inyección intramuscular los muchachos volvieron al camping con el Oreja bastante demacrado para ser sincero y con un gesto muy adusto, pero por lo menos se podía mantener de pie y había parado de vomitar.  Lo metimos a la carpa y lo tapamos para que se recupere.

El manco fue rescatado en segundo término. Todo embarrado y en avanzado estado de ebriedad de casualidad podía hilvanar palabras.
- Chicos me siento mal
- No pasa nada manco.
- Pero en serio me siento mal
- ¿Pero que te duele?
- La panza
- Tranquilo loco, ya se te va a pasar
- Pero me cago chicos… me cago
Automáticamente lo levantamos entre Soto y yo, agarrándolo uno de cada brazo (bueno…yo del muñón) y aceleramos el paso para tratar de llegar al baño del camping
-   Gracias chicos
-   No de nada manco, vos tranqui que ya llegamos
-   No, no,… gracias…
-   Si, todo bien amigo
-   No, no, gracias…ya está…ya está……… ya está
Nos miramos con Soto desconcertados hasta que nos dimos cuenta que el manco se había recontra cagado encima.
Con el frío que hacía y sin la posibilidad de bañarlo, decidimos arrimarlo al fogón y cubrirlo con una frazada para que se atempere un poco, así como estaba.
En ese momento escuché un quejido que provenía de la carpa donde estaba el Oreja. Fui a verlo.
- ¿Estás bien amigo, le pregunté.
Me hizo “no” con la cabeza sin pronunciar palabra. Después empezó a hacer pucherito, como los nenes y escuché bajito, nuevamente casi como un ruego “llévenme con mi mamá, llévenme con mi mamá”.
El puchero se hizo llanto y nuestro amigo entró en una crisis y continuó implorando por la presencia de su progenitora.
Decidimos llevarlo hasta la casa de la tía del Oreja que estaba cerca del camping y salió la Bibiana, la madre, a atender la puerta.
Antes que pudiéramos darnos cuenta, el Oreja bajó del auto, cruzó corriendo la calle y abrazó a su madre fuerte fuerte, como si no la hubiera visto en años. Después entró rápido a la casa sollozando, sin darse vuelta a saludar.

Cuando volvimos al campamento, el resto de los muchachos estaban durmiendo. Nos acomodamos en los lugares que quedaban en las carpas y tratamos de conciliar el sueño.

El sol en la cara me despertó. Todavía un poco mareado y confuso, me abrí paso entre los cuerpos amontonados de los muchachos y pude salir de la carpa. Fue en ese momento que lo ví.
Estaba hecho una bolita, rodeado de moscas… temblando de frío al lado del fogón extinto ya hace rato. Era el manco.
Encendí rápidamente el fuego nuevamente, lo tapé con otra frazada y me fui hasta la carpa a buscar los elementos para prepararle un té caliente para que se recupere.
- ¿Qué pasa? Me preguntó el Leo cuando entré a la carpa.
- Nos fuimos al carajo boludo, lo dejamos afuera al manco anoche, está temblando, pálido, muerto de frío. Le voy a preparar algo caliente, expliqué.
- Uuu que cagada, pará que salgo yo a cuidarlo mientras tanto, se ofreció gentilmente el Leo.
Mientras yo buscaba un té, entre el quilombo indescifrable de la carpa, el Leo empezó a los gritos
- ¡Fuego boludo, fuegooo!
Salí a los pedos de la carpa y lo vi al Leo tirándole arena encima al manco como un desaforado.
La frazada con la que lo había tapado al manco se estaba prendiendo fuego, producto quizás de alguna chispa proveniente de la fogata que había reavivado minutos antes.
Por suerte la cosa no pasó a mayores y pudimos apagar enseguida el foco ígneo con la arena.
Cuando el manco finalmente se pudo reincorporar, la imagen de ese muchacho era algo difícil de explicar. Cómo no tener lástima por un tipo que está muerto de frío, cagado encima, todo el cuerpo lleno de una mezcla de barro seco de la noche anterior y arena… encima con parte del pelo y la ropa chamuscados. Y al mismo tiempo como no mearte de risa ante semejante situación.
- Encima se ríen la reputísima madre que los reparió, nos increpó el manco con algo de razón.
Después de tomarse el té, fue al río a lavarse y le prestamos ropa seca para que se cambie.

Metimos como pudimos los bártulos arriba de los autos y emprendimos el regreso antes de lo previsto.
En el viaje de vuelta casi nadie hablaba.
La resaca y el episodio de la noche anterior habían sido intensos.

Mucho tiempo después, leí en una página de internet una definición de “campamento” que decía lo siguiente: “Es una actividad de convivencia al aire libre orientada con fines educativos y de formación de la persona. Va más allá que las actividades de aventura o visitas a lugares naturales. Responde, entre otras cosas, al concepto de educación permanente como una necesidad en todas las edades y etapas de la vida”.

Nada más alejado de lo que vivimos aquella vez… afortunadamente, ése fue nuestro último campamento.

martes, 19 de junio de 2012

UNA LEYENDA DEL LITORAL

En todas las épocas y en cada rincón del planeta existieron y existen leyendas  y relatos sobre seres fantásticos o mitológicos surgidos del acervo popular.
Particularmente, estos relatos se originan en lugares donde los hombres se encuentran rodeados de naturaleza o solead. Montañas, ríos, montes, selvas, zonas rurales  y cualquier otro paisaje extenso, virgen e inexplorado que dé lugar al misterio y la imaginación.
En nuestro país son muchísimos los relatos de seres sobrenaturales que pueblan las distintas regiones de su extensa geografía.  Algunos de los ejemplos más conocidos son la luz mala el lobizón, el pombero, el hombre de la bolsa y muchos otros seres de renombre tanto nacional como internacional.
Pero hay otras leyendas, más de entrecasa, que no son tan conocidas a nivel masivo, quizás por falta de prensa, problemas de marketing o porque sus apariciones han sido registradas en parajes muy poco poblados y por consiguiente el impacto de las mismas ha quedado circunscripto a un gaucho con dos perros o a una pareja de ancianos campesinos.
Por suerte, el antropólogo rural Zoilo Washington Quiroga, en su libro “Leyendas del más acá. El litoral y sus misterios escondidos ocultos” hace una recopilación de esos ignotos seres mitológicos que pueblan, casi a media voz, los relatos de pulperías, fogones y boliches de la Mesopotamia argentina.
A continuación transcribiremos algunas de las descripciones de los seres más sorprendentes que Quiroga, con gran precisión, menciona en su libro:
> El yaguareté bizco: Es un felino enorme, con un defecto oftalmológico, capaz de matar con la mirada a quien se atreva a observarlo directo a los ojos.
> El guazuncho macho:  Cérvido endemoniado que se aparece por las noches en los montes a los desprevenidos y los ataca con su miembro viril de grandes proporciones
> La tararira encantada: Pez de un color inusual (algunos isleños señalan que posee escamas blancas como las nubes, mientras que otros afirman que es color verde fluorescente), que al frotarle el lomo repetidas veces, deja salir de su interior un genio que concede deseos. La única salvedad es que el genio solo entiende las solicitudes en idioma guaraní.
> La vizcacha dorada: Roedor de crines rubias resplandecientes que defeca pequeñas bolitas macizas de oro puro.
> El carpincho tuerto: un animal de gran porte con un solo ojo en el medio de la frente, que se le aparece a los cazadores furtivos causándole desgracias en la cacería y en la vida amorosa.

La falta de fe o el desconocimiento pueden llevar a los incrédulos a pensar que estos seres no son más que alucinaciones, inventos o cuentos fabulosos de algunos tipos sin nada que hacer que se ponen a inventar historias fantásticas, para pasar el rato.
Pero en mi pueblo, desde que pasó lo del Moncho Salvatierra, todos empezamos a respetar las leyendas… en especial al carpincho tuerto.

Resulta que el Moncho era uno de esos tipos que le mandaba bala a todo bicho que le pasaba cerca. No se salvaban ni los teros. Ni siquiera respetaba a los bichos con cría y era famoso por lo sanguinario. Decían que una vez fue a cazar chanchos del monte con su perro Pocho. Justo en el momento que tenía el chancho enfrente de él, le falló el percutor de la escopeta. El chancho se le vino encima y el Moncho se enfrentó con el chancho a cuchillo y pelo nomás, venciéndolo en sangriento combate, del cual le quedó una marca del colmillo del porcino en el pecho, que siempre muestra como trofeo de guerra.
Nunca le importó matar más de lo que necesitaba para comer y cuando iba al boliche a contar sus hazañas el viejo Patilla siempre le decía en tono de amenaza… “Seguí así vos que ya te va a agarrar el carpincho tuerto”, y le recitaba el versito que era bien conocido entre la paisanada:

“Cazador furtivo
 matas por matar
el carpincho tuerto
ya te va a encontrar
y tu cacería se te volverá
y el amor del nido se te volará”


 
A lo que el Moncho contestaba con una carcajada sobradora e irónica, seguida de alguna contestación soez e irrespetuosa “Solamente los viejos boludos nacidos en el medio ‘el monte como vos pueden creer en esas pavadas”.
Todos los parroquianos se burlaban del viejo e idolatraban al Moncho casi como a un dios pagano.

Un día de invierno los hermanos Pombo (Rodolfo, Wilson y  Chupete), organizaron una cacería en el bañado del Arroyo Settembrini y lo invitaron al Moncho.
La idea era cazar dos ciervos para hacer chorizos y milanesas para freezar para el invierno.
Partieron los tres hermanos y el Moncho.
Al ratito que llegaron al lugar de cacería, el Moncho cazó uno grande, y el Wilson otro.
- Con estos ya estamos,  les dijo Rodolfo.
- Ma qué ya estamos… ¡acá hay ciervos como pa hacer dulce! respondió el Moncho
Uno tras otro fueron cayendo los ciervos, el Moncho se había cebado y no paraba de matar bichos.
- Ya está che, vámonos, insistió Rodolfo
- No jodas, yo hasta que no se me terminen las balas no me voy
, contestó en un tono desafiante una vez más el Moncho.
Pasó un rato y nuevamente tenía en la mira otro ciervo, pero esta vez era uno realmente enorme. Tenía unas astas como de 15 puntas. Y cuando estaba por gatillar se quedó petrificado.
- ¿Qué pasó, pregunto desconcertado Chupete
El Moncho parecía haber perdido el habla. Bajó el arma y tartamudeando, casi sin voz, dijo
- Lo… lo… lo vi.
- Más vale, nosotros también lo vimos era un ciervo enorme ¿Por qué no
le tiraste?, lo interpeló el Wilson.
- No, no… lo vi a “el”
.
- ¿A quién?
- Al carpincho tuerto
- No jodas Moncho, si vos no crees en esas cosas
- Pero pelotudo no se trata de creer o no creer… te digo que lo vi. Tenía al ciervo en la mira y se me cruzó el carpincho… se paró justo adelante del ciervo… y me miró. Era él. Le vi el ojo solo, en el medio de la frente. Era él. Te digo que lo vi clarito, era el carpincho tuerto …

No había terminado aún su relato cuando un ruido ensordecedor invadió la escena, seguido de un alarido interminable de dolor.
Era el Moncho. Se le había escapado un tiro de la escopeta que le había volado limpito el dedo gordo del pié derecho.
Los muchachos todavía aturdidos y aterrados por la situación, le hicieron un precario vendaje como pudieron y salieron de vuelo para el hospital del pueblo.
- Llamala a mi señora que trabaja de enfermera en el hospital y avisale que estamos yendo, le dijo el Moncho a Chupete.
- Llama, llama y me atiende el contestador.
-¡Insistí carajo!
- Lo mismo che… contestador.
- ¡Me cago en el carpincho tuerto y en el viejo Patilla y en la reputísima madre que los parió a los dos!


Cuando llegaron al hospital no se veía un alma. No volaba ni una mosca.
Rodolfo desesperado entró a recorrer cada rincón del hospital, buscando a alguien que los pudiera asistir.
Menuda sorpresa se llevó cuando abrió la puerta de una habitación y la vio a la mujer del Moncho con el trajecito de enfermera por las rodillas, enfiestada con el médico de guardia, el camillero, el chofer de la ambulancia y dos pacientes que estaban internados en el hospital.
- Disculpen…  hay un herido, interrumpió Rodolfo.
Al rato aparecieron todos todavía acomodándose la ropa y pudieron socorrer al desafortunado cazador. Al día siguiente después de algunas horas en observación le dieron el alta al Moncho.
La noticia de lo que había pasado corrió como reguero de pólvora por el pueblo.
El Moncho se recluyó en su casa, empujado por la vergüenza y el qué dirán… y más que nada por las guampas.

Varios meses después de lo sucedido, el Moncho volvió al boliche.
Como siempre el viejo Patilla estaba en su mesa de la esquina, vinito en mano.
Cuando el Moncho pasó por su lado el viejo lo miró fijo. El Moncho bajó la mirada, derrotado, pidió una ginebra y permaneció en silencio. El viejo dejó el vaso de vino, se levantó de su mesa y fue hasta el mostrador donde estaba el Moncho. Se paró a su lado y posando su mano sobre el hombro del Moncho, le dio una palmada, casi paternal y le dijo: “Ya está pibe…  ya pasó”
El Moncho se largó a llorar desconsoladamente, agarrado al brazo del viejo Patilla, como un gurí.
Después de aquél suceso en el hospital el médico pidió traslado y a la mujer del Moncho no se la vio más. Dicen las malas lenguas que se mudaron juntos a Claromecó.
El Moncho hasta el día de hoy sigue soltero. Nunca más volvió a tocar un arma y se hizo activista de Greenpeace.


lunes, 30 de abril de 2012

NUEVEDIECISIETE


Al correntino lo seducía el azar… bah, en realidad para decirlo en criollo le encantaba la timba. No te digo que estaba perdido por el escolazo, pero le fascinaba.
Todo lo que se le cruzaba adelante el tipo le jugaba: quiniela, tómbola, loto, quini, bingo, prode, raspadita, la rifa de la escuela del barrio, o tirar una moneda a cara o cruz por guita… cualquier cosa.
Y ni hablar de los burros. Las carreras de caballos también lo apasionaban.
Se iba el primer domingo de cada mes, con la platita fresca, al hipódromo del pueblo a jugarse unos pesitos y si bien lo suyo era el chamamé, podía escuchársele susurrar por lo bajo el recitado de un tango que le había enseñado Don Cosme, el almacenero del barrio que siempre lo acompañaba a las carreras, que decía:

Andate bien temprano, por derecho en ventanilla
No escuchés a nadie, hermano, ni tampoco a la cartilla,
Vos ponele todo el resto al potrillo que te doy
Apostale en la primera, porque el dato es bien polenta.
El pingo vendrá en la punta, y paga como cuarenta

Le faltaba nomás las apuestas por internet pero todavía no había descubierto las mieles de la era digital, no por falta de ganas, sino porque el ciberespacio estaba un poco lejos de su alcance. Hasta el reloj calculadora y el celular con cámara había llegado, de ahí en más era todo “cosa ´e mandinga”.
Era empleado en una fábrica y todos los días el tema de conversación cuando subía al colectivo que lo llevaba al trabajo era qué número había salido anoche en la lotería, o si alguien había soñado algo “pa jugarle a la matutina”.
Vale aclarar que el correntino no era un timbero común y corriente, era todo un especialista en la interpretación de los sueños. A él le había enseñado un curandero pararguayo que vivía cerca de su Mburucuyá natal.
Y no tenía nada que ver con la típica interpretación de sueños occidental capitalista y postmoderna que hoy conocemos y que está pegada en esos posters pedorros en todas las agencias de lotería del país, hechos vaya a saber uno por quién. Esto era totalmente distinto, algo mucho más místico y ancestral que viene traspasándose de generación en generación desde los indígenas guaraníes hasta nuestros días. Los maestros, una suerte de chamanes numerológicos, les enseñan a sus discípulos estos conocimientos milenarios, un día antes de pascuas o navidad. Y el correntino era uno de los pocos depositarios de ese valioso legado.
Por ejemplo para la interpretación tradicional u ortodoxa de los sueños, si uno soñaba con una gallina había que jugar al número 25. Sin embargo, para el correntino, el 25 era “la tararira”.
A continuación les transcribo algunos ejemplos más:

Número
Interpretación de los sueños convencional
Interpretación correntina de los sueños
 00
Los huevos
El pichón de tero
 01
Agua
Los tábanos
02
Niño
El cura
07
Revólver
La gomera
14
El borracho
El yaguareté rengo
15
Niña bonita
Neryke (Tu hermana)
16
Anillo
Nderevinee
(sin traducción autorizada)
22
El loco
El mono tuerto
27
El peine
Akâperô (El pelado)
50
El pan
El chipá
92
Medico
El pachichí

Al único número que jamás le jugaba era al 13, porque el 13 era “la yeta” y era igual para ambas interpretaciones. Ni que fuera una fija lo jugaba. Jamás en sus 39 años de vida le puso un centavo a ese número prohibido, casi maldito para él.

Más allá de eso, el tipo sabía mucho de estadísticas (“la de la agencia me dijo que el 37 no sale desde el 4 de Octubre”, comentaba) y conocía martingalas de diversa índole y procedencia, que rara vez daban resultado.
Pero con algo tiene que entretenerse el ser humano y a falta de diversión buenos son los vicios, decía.
Una patente de auto repetida, la edad y/o la fecha del cumpleaños de alguien, algún número capicúa… había que estar atento a todo porque cualquier cosa podía ser un mensaje encubierto que la diosa fortuna le estaba enviando.
El itinerario después del trabajo era ya un clásico: se bajaba del colectivo en la agencia de lotería del Ariel, que estaba en la esquina del banco y se jugaba algún numerito; de ahí al Bar de Cabeza a tomar un vermusito hasta que se hagan las nueve que era la hora del sorteo nocturno de la quiniela, que siempre se escuchaba por radio en el bar.

Lo de Cabeza era un bodegón de los de antes, tipo almacén de ramos generales, que milagrosamente sobrevivía a los avatares de la modernidad y supo hacerse un lugar entre los deliverys y minimarkets, destinado a una clientela muy “selecta” y fiel.
El nombre no se debía a algún apodo modernoso sino al apellido del dueño y fundador de tan emblemático reducto: Don Ignacio Salvador Cabeza.
Don Cabeza era un inmigrante español, andaluz, comunista de la primera hora, que había llegado al país en 1938. Había quedado sordo de una oreja como consecuencia de su participación en la Guerra Civil española. Todavía hoy permanecía colgada la bandera que se trajo en el barco cuando vino de su Almería natal que rezaba “Proletarios de todos los países, uníos”, con la hoz y el martillo de fondo.
La mayoría de los parroquianos del bar no entendía de qué se trataba ese trapo rojo, salvo Andrés Lorenzo, un tipo muy leído que había sido miembro de la Juventud Peronista en los ´70. Cuando Don Cabeza lo veía venir se le iluminaban los ojos. Era el único que parecía sacarlo de la monotonía. Se pasaban horas hablando de política y era como que el viejo rejuvenecía 50 años volviendo a revivir aquellos tiempos de juventud y apasionados ideales.
Después, cuando volvía a la actualidad, lejos ya de sus épocas de revolucionario, pasaba sus días en un rincón del bar sentado en su sillón, con la radio apoyada en su oreja sana, escuchando los noticieros y los resultados de los sorteos y las carreras.

El hijo de Don Cabeza era Julio, el encargado del bar. Había estado ahí desde que tenía uso de razón y se hizo cargo del negocio familiar cuando cumplió la mayoría de edad. Si bien siempre soñó con ser un dibujante famoso, el trabajo del bar no le disgustaba. Disfrutaba las charlas con los clientes, el sol que entraba tempranito por la ventana cuando abría el negocio, el olor al café express y pan tostado por las mañanas.
Y como en el bar se tiene mucho tiempo ocioso, había perfeccionado su vocación de dibujante y hacía unas caricaturas realmente estupendas de los clientes mas asiduos del bar que adornaban las paredes del bodegón.
Al correntino lo había dibujado igual… con la camiseta de Boca que le quedaba por arriba del ombligo, panzón, medio barbudo, pelo enrulado, ojos chiquitos, nariz considerable, una boleta de lotería en una mano y un chipá en la otra.

El bar era el punto de reunión natural y cotidiano de muchos clientes.
Pero en algunas ocasiones puntuales el bar se llenaba.
Una de esas ocasiones era cuando se sorteaba "La Mayor"
Todos los años, en una fecha cercana a año nuevo, generalmente la primera semana de Diciembre, se sortea El Premio Mayor de la Lotería Nacional, al que en la jerga del ambiente de la timba se lo conocía como La Mayor.
Es el sorteo más importante del año y se transmite por televisión y radio para todo el país.


El día del sorteo, el correntino preparó su payé infalible: la estampita del Gauchito Gil bendecida por el Padre Cachito y dos plumas de caburé.
Sin embargo, estaba intranquilo porque no tenía decidido aún que número iba a jugar. Todo el día estuvo tratando de detectar alguna señal, alguna situación en particular, un número que llamara especialmente su atención… pero nada.
En el viaje de vuelta del trabajo, se concentró y pensó que número jugar, lo analizó fríamente. Decidió que esta vez no se iba a dejar llevar por un impulso o una corazonada. Esta vez iba a analizar la jugada, literalmente hablando.
Y de repente le vino la idea : “el día que nacieron las gurisas”, pensó.
Así fue que mentalmente hizo un repaso de las fechas de nacimiento de sus tres hijas: A ver: Itatí nació el 9 de Julio, Irupé el 1º de Noviembre y Anahí el 7 de Mayo...  9-1-7... 917, lindo número che... 917, si señor.
Se bajó del colectivo y fue decidido a la agencia de siempre.
- Hola Ariel. Jugame al 917 a la cabeza en La Mayor ... ponele trescientos pesos
- Epaaa ¿Trescientos?
- Si papi...  ¿o mi plata no vale?
- Ta bien, ta bien, lo que vos digas. Acá tenés el boleto. Suerte.

Siguiendo con su rutina se fue para el bar de Cabeza.
Se pidió un vermusito, unos maníes y se quedó conversando con los muchachos. Después pidieron unas cervezas para matar la ansiedad, hasta que se hizo la hora del sorteo.
- Poné la tele Julio que lo pasan por canal 7.
- No muchachos, me van a tener que disculpar pero se rompió el televisor anoche y no pude arreglarlo. Si quieren escuchar el sorteo allá está mi viejo con la radio.
El correntino se arrimó al viejo Cabeza
- Buenas noches
- Buenas noches
- ¿Está escuchando el sorteo?
El viejo no era de muchas palabras. Le hizo “si” con la cabeza. Se quedaron juntos, cerca, los dos callados, sin intercambiar palabra. El sorteo empezó puntual. Transcurridos varios minutos  el premio mayor aún no llegaba.
Las cervezas empezaron a hacer efecto en la vejiga del correntino, que aunque no quería perderse un minuto del sorteo, si se quedaba un segundo más sin ir al baño podía llegar a explotar.
Finalmente fue a desagotar y cuando estaba saliendo del baño, entraba Pedro.
- Mirá que cantaron el primer premio de La Mayor correntino
- ¿Qué número salió?
- No se che, ahí estaba el viejo con la radio.
Apenas había terminado de subirse los pantalones que ya estaba donde el viejo.
- ¿Me dice que salió a la cabeza en la Mayor?
- ¿Qué lo qué?
- ¿Me dice que salió a la cabeza en la Mayor?
- Nueve diecisiete

El corazón del correntino se detuvo por un instante. Temió no haber escuchado bien por lo que repreguntó:
-Perdón  ¿Cómo dijo?
- Nueve diecisiete
 - ¿Nueve diecisiete dijo?
-¡Pero si coño! Nueve diecisiete he dicho ¿O hablo en chino yo?

La alegría se apoderó del correntino. Tantos años de sequia y de que la suerte le había sido esquiva habían terminado. De la emoción le partió la boca de un beso al viejo que se quedó inmóvil sin entender que pasaba. Acto seguido se subió a la mesa del medio del bar, largó un sapucay interminable y anunció:

- ¡Jajuka mba'éna sebo'i! Julio, una vuelta para todos che, que pago yo ...¡ me saqué La Mayor chamigo!

La gente se alboroto en el bar y los festejos comenzaron.
Todos se abalanzaban sobre el correntino para felicitarlo y brindar.
Lo subieron en andas y lo pasearon por todo el bar, le echaban cerveza en la cabeza y se sucedían los vítores y hurras en honor al afortunado.
Cuando se calmaron un poco los ánimos se acercó al correntio su amigo el Cuervo
- Te felicito loco, me alegro mucho, de corazón.
- Gracias che, todavía no lo puedo creer
- ¿Y que se te dio por jugar ese número?
- Es por las fechas de nacimiento de mis gurisas
- Aaaaa, mirá vos. A mi me extrañó porque yo pensé que vos al 13 no le jugabas.
- Noooo, ¿A la yeta? ¡Ni loco!
- ¿Y entonces?
- Y entonces ¿qué?
- ¿No dijiste que sacaste La Mayor?
- Si
- Pero a la cabeza salió el 813
- Jajaja, pero no chamigo, el 917 salió.
- No no, en serio, te digo que salió el 813, si lo dieron por la tele y por la radio. Preguntale a Roberto que agarró las dos cifras.

El correntino se empezó a preocupar. El estómago se le hizo un nudo y fue corriendo a donde estaba Roberto, que se encontraba vaso en mano y cuando lo vió acercarse se apresuró a gritar: Un brindis acá por el amigo correntino que nos invitó estos tragos y otro por el 813 ... salud!
- Si, si, salud...vení un segundo Roberto
El correntino lo apartó de la multitud a Roberto que ya estaba medio puesto
- ¿Dónde escuchaste el sorteo?
- En casa 5 minutos antes de venir, por canal 7. Estaba este tipo, el pelado con rulito... como se llama... esteeee, ¡Riverito! Si, Riverito estaba. Y también los niños cantores esos y uno de los pibitos dijo “ochocientos trece”y la otra piba dijo “ubicación: uuuuuuuuuuuuuunooooooooooooooooooooooooo”.... que emoción loco, te envidio sanamente, lo que se debe sentir agarrar las tres cifras hermano, de ser algo increíble...
En ese momento el correntino se puso pálido y se le vino el alma al piso.
Automáticamente lo miró a Don Cabeza con una mirada fulminante, que todavía estaba sentadito en su sillón y se fue hasta el rincón dispuesto a increparlo.
- Oiga, ey, usted...
- ¿Qué es lo que queréis ahora chaval?
- ¿Qué carajo me dijo?
- ¿Qué le he dicho yo de qué? Te he respondido lo que me has preguntado
- Pero que mierda me vas a responder lo que te pregunté viejo añamemby, me dijiste cualquier cosa… nuevediecisiete me dijiste… nuevediecisiete.
- ¿Pero es que te has vuelto loco chaval? Te he respondido lo que tú me has preguntado, encima te lo he tenido que repetir tres veces, tuve que soportar tu actitud de marica y ahora para colmo de males te ofendes. ¿O que coño me habéis preguntado tu acaso?
- Yo le pregunté “¿Me dice que salió a la cabeza en La Mayor?”
- ¿Cómo?
- ¡Me-di-ce-que-sa-lió-a-la-ca-be-za-en-La-Ma-yor!
- Aaaaa, caramba... joder con estos audífonos... verás, yo te entendí “¿Me dice que hora es Don Cabeza por favor?... y bueno, eran justo las nueve y diecisiete, entonces...

El mundo se le vino abajo. Mientras Don Cabeza seguía tratando de explicar el mal entendido el correntino planeaba de qué forma podía llegar a ajusticiar al viejo. En breves instantes pensó varias alternativas:
a) Podía ahorcar al viejo con la bandera roja...
b) Podía partirle la radio en la cabeza...
c) Podía tomar carrera y pegarle una patada voladora en el medio del pecho e incrustarlo en la pared con sillón y todo...
Pero cuando la ira y la bronca llegaban a su punto máximo, un repentino sentimiento de lástima hacia el pobre viejo hicieron que le bajaran las pulsaciones.
- Está bien, está bien Don Cabeza. No se preocupe, le dijo ya totalmente resignado, pegando la vuelta cabizbajo y apesadumbrado .
La bolilla se corrió enseguida entre los parroquianos que comenzaron a hacer leña del árbol caído y a burlarse del pobre “ex” afortunado.
- ¡Pagate otra vuelta correntino!
- ¿Qué vas a hacer con toda esa guita?
- Andá a cobrar el premio a la c...
En ese momento llegaba Julio con la cuenta.
- Son $359 pesos che ¿Me lo pagás cuando cobres el premio? le dijo en tono irónico.
El correntino lo miró con odio
- No, no te pago ahora nomás. Tomá
- ¿Pero para que me das $500? Pará que te doy el vuelto.
- No deja nomás ... con lo que sobra comprale un audífono nuevo a ese viejo de mierda!

miércoles, 14 de marzo de 2012

CULPABLE, HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO

Nunca fui de buchonear. Cualquiera que me conozca puede dar fe de ello.
Pero aquella vez las circunstancias me llevaron a hacerlo… casi que me obligaron te diría.
Porque cuando vos ves que no hay coartada lógica para presumir la inocencia de un sospechoso, la culpabilidad es el veredicto inevitable.
Si hubiera tenido un mínimo margen de duda, por más ínfimo que sea, te juro que no lo hubiera hecho.
Pero en este caso no había duda alguna: la vieja era culpable.
Paso a continuación a detallar lo sucedido.
Iba yo con el auto del trabajo por el camino de tierra que va de la Ruta 22 a la localidad de General De la Peña, cerquita de Curuzú Cuatiá.
Trabajaba en una empresa de encomiendas y me dirigía a entregar una paquete, cuando en el medio del camino vi a una señora haciendo dedo. Bajita ella, pinta de buena gente, flaquita, de unos 57 años y medio, más o menos, morocha de pelo corto con un bolsito de arpillera colgando del hombro.
Tengo por costumbre llevar a la gente que hace dedo para alivianar un poco el viaje de los caminantes. Y ese día con más razón porque garuaba.
Aminoré la marcha y bajé la ventanilla
- Buen día señora
- Buen día querido
- ¿Hasta donde va?
- Voy a General De la Peña, a la entradita nomás cerca del almacén de Tutuca.
- Bueno, suba que la llevo yo voy para allá
- Ay bueno, muchísimas gracias
Levanté la campera, la carpeta y el celular que tenía en el asiento del acompañante y los puse en el asiento de atrás. Justo debajo de la puerta del acompañante había un charco de agua.
- Deja nomás querido, subo atrás, me dijo la doña.
Una vez arriba y superado ese primer momento de cuasi tensión que se produce entre dos extraños, la señora empezó la conversación
- Qué tiempo loco ¿no? Me dijo como para romper el hielo… porque el 99% de las conversaciones entre extraños o gente que no tiene demasiada afinidad o temas de conversación en común arranca inexorablemente con algún comentario sobre el clima, como  “¡que terrible este calor!” o “se vino el frío nomas” o “en cualquier momento se viene el agua” y cosas por el estilo.
- Si, la verdad le contesté. Y el Servicio Meteorológico da lluvia hasta el Jueves… al menos eso dijo Nadia, la del pronóstico de canal 7 que habla medio raro.
- Y la verdad que hacía falta el agua en el campo. Yo trabajo en la estancia de Ponce y ya la plantación de mandioca estaba sintiendo el rigor de la seca y los animales estaban quedando sin pasto.
- ¿Y el pueblito es tranquilo?
- Siiii, tranquilísimo. Capaz que demasiado le vua decir.
- Y bueno, la vida en el campo tiene sus pros y sus contras…
- Es verdad. Bueno querido, yo me bajo en el negocio de ahí a la esquina, donde está el zaino atado al palenque.
- Bueno señora que tenga buen día
- Muchas gracias querido, igualmente para vos.
Seguí camino con la satisfacción que uno tiene después de haber hecho una obra de bien. El paisaje rural mezcla de forestaciones y naranjales repletos de azahar, sumado a un chamamé suavecito que sonaba en la radio, terminaban de darle a la escena una sensación de placentera paz.
Enseguida llegué a la dirección de destino: Comandante Faure 14 bis. Golpeé varias veces pero no salió nadie. En el remito de la encomienda figuraba un número de teléfono así que busqué mi celular para llamar. Siempre lo llevo en el bolsillo del pantalón… pero no estaba. Revisé la guantera y debajo de mi asiento… y tampoco.
¿Qué carajo hice con el teléfono? Conociéndome y sabiendo lo despistado que soy traté de armar una especie de paso a paso mental desde la última vez que lo usé.
Recordaba haber llamado a mi jefe cuando salí de la estación de servicio, y enseguida me vino a la mente el momento en que subió la señora y pasé el teléfono para atrás junto con la carpeta y la campera. Revisé entonces la carpeta, la campera, debajo del asiento trasero, incluso saqué el asiento trasero para ver si se había ido para abajo por algún recoveco… y nada. Casi desarmé el habitáculo del auto, no me quedó un solo rincón por revisar. Empecé a tejer varias conjeturas, hasta que me vino a la mente la hipótesis más veraz, lógica y terrible ala vez… ¡LA VIEJA ME HABÍA CHOREADO EL CELULAR!
Y si, porque si un segundo antes que subiera la vieja yo tenía el celular y un minuto después que se bajara el celular no estaba… la fórmula era sencilla:
Celular en asiento trasero  + Vieja en asiento trasero  =  Celular desaparecido   =>  VIEJA CHORRA
No había otra.
¿O a alguno de ustedes se le cruza alguna duda al respecto?
A mi no.
Y una vez que me aferré a la idea y la hice carne, empecé a engranar
¡Aaaaaaa pero que vieja hija de puuuuta, yo no lo puedo creer! Pero será posible esta tipa ¿encima que la llevo me paga con esa moneda? Además ensuciarse las manos por ese celular pedorro… porque si vos me decís que era un celular top de esos último modelo con cámara, GPS, blutú, brújula y tocadiscos, ponele que se justifique… ¡pero ensuciarse por ese celular! Ya no se puede confiar en nadie, esto no puede que dar así.
Volví entonces hasta donde se había bajado la vieja. Entré al almacén, pregunté por ella, pero no supieron decirme nada. Di una vuelta por el caserío a ver si la encontraba, pero no había dejado rastros. Después de un rato me resigné y con todo el odio acumulado, decidí emprender el regreso al trabajo.
Pero cuando me estaba yendo, masticando bronca y puteando por lo bajo, levanté la mirada y vi un destacamento policial.
Sin pensarlo dos veces clavé los frenos y me bajé: a esta guacha yo la denuncio.
Y si. Yo te dije que nunca fui buchón, pero esta se lo merecía con creces.

Entre a la comisaría del pueblo. Un escritorio vacío con el cartelito que decía “Despacho del Subcomisario Inspector C. Leiva” y en otra habitación un televisor que se escuchaba a todo volumen.
Golpeé las manos para que me atendieran pero nadie salió. Decidí dirigirme a la sala desde donde provenía el sonido de la T.V., y allí me encontré con un espectáculo bizarro por demás:
- ¿Subcomisario Leiva?
- Si adelante, adelante.

El hombre de unos 48 años de edad, 1,85 mts de altura, y unos 120 kilogramos de peso, estaba con ropa deportiva parado frente al televisor sobre una colchoneta mirando un programa de gimnasia, copiando todos los movimientos que hacía Catherine Fullop.
Mientras se secaba la transpiración me dijo “Disculpe que me agarró justo haciendo ejercicio. A esta hora siempre me tomo un ratito libre, pero no descanso. Hay que estar en forma para poder combatir el delito con eficicacia. Si me aguarda un segundo, voy a cambiarme y enseguida estoy con usted”.

Al rato salió con el uniforme reglamentario, todavía algo sudado
- Muy bien, usted dirá en que puedo ayudarlo.
- Mire comisario, yo estoy acá para denunciar el robo de mi celular.
Le conté en detalle lo sucedido y antes de que termine el relato me cortó en seco.
- No me diga más nada. Ya mismo vamos a buscar a esa hija de puta. ¡Pero que gente de mierrrda que hay en este pueblo choto! Yo hace menos de un año que estoy y le juro que acá habría que meter una bomba y volarlos a todos.
- Eeee, bueno…. Tampoco creo que sea para tant…
-¡Sí que es para tanto y para más también! ¡Porque hoy te roban el celular, mañana la bicicleta y pasado no te dejan ni el perro! Esto hay que cortarlo de raíz.
- Igual era un celular así nomás y…
- ¡Nada de así nomás! El tema es la actitud de mierda de esta tipa. Porque usted la lleva con la mejor buena voluntad del mundo y encima lo afanan. ¡No señor! Eso en mi pueblo no lo voy a permitir. Ya mismo vamos a buscarla.

Aprontó el arma, se puso el gorro y salimos a la calle. Antes de subir al auto le pedí un favor:

- Leiva, si no le molesta le voy a pedir que me llame al celular, no vaya a ser cosa que esté por ahí tirado en el auto y yo no lo haya visto.
- Pero como no, digame el numero
- 159-00022
-  Ahí llama…llama…llama…!Já!, lo que suponía: el contestador. ¡Más vale! ¡Lo apagó la zorra! Vamos a buscarla nomás, ya va a ver cuántos pares son tres botas esa ratera.

En la calle estaba estacionado el patrullero. Un Falcon modelo 83, algo deteriorado de aspecto.
Después de veinte minutos de tratar de darle arranque nos resignamos y emprendimos el patrullaje en mi auto. 
Con la descripción de la vieja y el dato de que era empleada en la estancia de Ponce, que era un reconocido hacendado de la zona, no tardamos en dar con la casa de la sospechosa.
- “Aaa si, Doña Asención Maldonado. Es la casita rosada ahí en la esquina, al lado de lo del dotor Eladio Mateo”, nos dijo un paisano que estaba en el boliche de ramos generales donde entramos a preguntar.
El “dotor” Mateo era el curandero del pueblo. Obviamente que no era médico, curaba de palabra el mal de ojo, las quemaduras y el empacho. Siempre me lo nombraba mi abuela porque era un tipo bastante famoso en la región.
Caminamos unos metros rumbo a la casa indicada, mientras la gente se iba asomando a curiosear.
- Es acá, me dijo el comisario
- Mire comisario, yo no tengo pruebas contundentes de que fue esta persona, trate de no ser muy agresivo con ella porque…
- Usted no se preocupe y déjemelo a mi.


Golpeó las manos enérgicamente varias veces
- Buen día comisario, dijo una chica de unos 30 años pelo negro, lacio, largo hasta la cadera.
- Buen día, como le va. ¿Está la señora?
- Si, enseguida la llamo… Mamáaaa, te busca la policía


La señora salió con cara de susto y cuando me vio a mi junto al comisario se puso pálida.

- ¿Qué pasó?, preguntó desconcertada.
- Mire señora, acá el muchacho perdió el celular y querríamos saber si por casualidad usted en un descuido no se lo llevó por error en el bolso.
- Noooo por favor! Dios mío que vergüenza
- Si se podría fijar…
- Pero le traigo ya mismo el bolso
Entró a buscarlo y salió enseguida al borde de las lágrimas.
- Acá tiene comisario. Por Dios no vayan a pensar que yo me llevé el teléfono, se los ruego. Yo vi que había una carpeta y un teléfono en el asiento trasero, pero lo corrí para un costado… jamás agarraría algo que no es mío.

Mientras la señora hablaba el comisario le revisaba el bolso y nada.

- Le molesta si entro un segundo a su casa, le dijo.
- Pero no, pase, pase, por favor y  revise lo que quiera.


El comisario, astuto, volvió a llamar a mi número desde su celular mientras ingresaba a la casa. Si la sospechosa lo tenía iba sonar y ahí la agarrábamos de las pestañas.
- Contestador, me dijo

- Bueno señora, no la molestamos más. Si por casualidad llega a encontrarlo me lo arrima a la comisaría ¿sí?
- Si, como no. Pero le aseguro que yo no tengo nada que ver. Le juro por mis hijos que yo…
- Está bien señora, no se preocupe.
- Disculpe la molestia,
le dije como para meter un bocadillo y para terminar.

Mientras volvíamos al destacamento el comisario me miró y me dijo:
- Te lo afanó la vieja, de acá a la China. Se le notaba la cara de culpable.
- No se comisario, yo la vi bastante compungida.
- ¡Teatro! Todo teatro viejo. ¿Vos todavía crees en los Reyes Magos? Se debe estar re cagando de risa de nosotros.

Me fui del pueblo con una sensación de amargura, impotencia y rabia.
De camino hacia el trabajo llamé al 0-800 de la empresa de telefonía móvil para que bloqueen mi número y dieran de baja el servicio.
Cuando llegué a la oficina mandé un correo electrónico a todos mis contactos avisando que me habían robado el teléfono y que recié el Jueves iba a comprar uno nuevo.
Al ratito llegó Tito, mi compañero de oficina. Cuando le conté lo que me había sucedido se indignó tremendamente.
Después de un rato de descargarme con Tito nos fuimos a comer algo
- ¿Vamos con mi auto?, le pregunté
- Dale

Subimos al auto y cuando no habíamos hecho ni 100 metros, se escuchó un ruido suave que venía de la parte de atrás del auto. Enseguida el ruido se hizo más fuerte y nítido. Tito me miró desconcertado y me dijo ¿Ese no es tu ringtone?.
Lamentable y efectivamente, sí, era el sonido de mi celular. Frené en la banquina y nos bajamos para ver de donde provenía el sonido. Corroboré aún incrédulo que el sonido venía del baúl.
Le pedí a Tito que abra el baúl porque yo no quería mirar… y allí estaba mi celular sonante y campante. Me quedé atónito, duro, petrificado, mientras Tito se revolcaba en el piso de la risa.
¿Pero cómo carajo había llegado el celular hasta ahí?
Examinando el auto, pude comprobar que existe entre el habitáculo y el baúl, un pequeño agujero por donde pasan cables y mangueras que conectan diversos artefactos de la parte trasera con la parte delantera del auto, que estaba sin su tapa correspondiente y cuyo ancho es exactamente el ancho adecuado por donde el maldito celular seguramente debió haberse escurrido hacia el baúl.
- Pero todavía había algo que no me cierra, le dije a Tito. ¿Cómo fue que no sonó el teléfono cuando le pedí al comisario que me llamara?
- Que empresa tenés
- Movilfone
- Aaa, con razón. El contador Ellero, que viaja seguido a General De la Peña, me dijo que la semana pasada estaban instalando antenas nuevas de Movilfone en esa zona porque casi nunca había señal.

En el mismo momento en que terminé de dilucidar el misterio se me vino la imagen de la señora y se me fue el alma al suelo ¡Pobre vieja! Pensé.
La vergüenza me invadió de pies a cabeza y me sentí el sorete más grande del universo.
Había acusado de ladrona a una pobre señora inocente.
¿Qué debía hacer?
Tenía dos alternativas.
La primera era hacerme el boludo olímpicamente: no tocar más el tema, nunca más pasar cerca de la casa de la doña, no contarle nada a nadie, sobornarlo a Tito para que guarde silencio y listo, se terminaba la historia.
Pero andar por la vida con la conciencia sucia y con la espina de la culpa clavada en el pecho no es bueno.
Así que elegí la segunda alternativa: ir con la cabeza gacha y la cola entre las patas como perro que se ha mandado una macana y pedirle disculpas a la señora.
Aproveché que en el hall de la oficina había varias plantas ornamentales en macetas y agarré una que tenía un moño para regalo y la cargué en el auto para llevársela a la doña como muestra de arrepentimiento y como compensación por lo que le había hecho pasar.
A medida que me iba acercando a la casa de la señora la cara se me iba cayendo de la vergüenza un poco más.
Cuando llegué a la puerta, tomé coraje, bajé del auto con la maceta en la mano y toqué la puerta.
- ¿Qué paso ahora?, me preguntó la señora asustada
- No, no, nada señora. En realidad vengo a pedirle que me disculpe por el malentendido… encontré el teléfono en el baúl del auto y la verdad no se cómo pedirle perdón. Le traje esta maceta de regalo para que me disculpe, si no es mucho pedir.

La señora cambió el semblante y con una voz muy dulce me dijo: Está bien querido, son cosas que pasan.

Después de la que le había hecho pasar y de haberme portado como un terrible hijo de puta, la doña me contesta así … me dio una mezcla de paz interior por tener la conciencia tranquila y el perdón otorgado, pero a la vez me sentí nuevamente el más forro del planeta por haberle hecho eso a una persona tan buena y noble.

Acto seguido fui a la comisaría para limpiar el buen nombre de la señora.
- ¿Comisario Leiva?
- Pase, pase. Justito me agarró picando algo.
No eran ni las 6 de la tarde y el tipo estaba desparramado en una silla que a duras penas soportaba su peso, al lado de una mesita plegable, con la punta del mantel enganchada al cuello de la camisa a modo de servilleta, devorando un sábalo asado como de 3 kilos.
- Hay que estar bien alimentado para combatir el crimen con eficacia, me dijo.
- Está bien, no se moleste. Solo vine a decirle que… esteeee… queee
- ¡Pero hable hombre!
- Que encontré el celular
- ¡No!
- Sí.
- ¡Nooo!
- Sí.
- Vos sabes que a mi me parecía que la vieja no tenía pinta de chorra
- Pero comisario usted …
- Yo te dije. Acá se prejuzga a todo el mundo. Este país debe ser el único en el mundo donde cualquiera es culpable hasta que se demuestre lo contrario, y no al revés como debería ser.
- Pero comisario …
- No te preocupes viejo, andá nomás que yo después voy a hablarla a la doña y aquí no ha pasado nada ¿estamos?

Cuando volví a la oficina me estaba esperando Tito.
- Che, ¿vos te llevaste la planta que estaba en la maceta verde y tenía un moño de regalo?
- Si, se la llevé a la vieja de regalo, como para que me disculpe.
- Uuuy no! Recién me llamó el jefe, para preguntarme si sabía donde estaba el Helecho de Angora que le había comprado de regalo a la madre para el cumpleaños. Que por favor si me enteraba de algo que le avise porque era una planta muy rara y muy cara que la madre la estaba tratando de conseguir hacía mil años.
- Mirá: decile al jefe que si quiere le pago 5 lucas la puta planta esa, o le voy a comprar otra igual, o le compro a la madre un vivero entero, o de última si quiere que me eche a la mierda … ¡pero yo a la casa de la vieja a pedirle que me devuelva la planta no vuelvo ni en pedo!